Kaikén: el primer Parque Escuela de Chile inmerso en Patagonia

En un rincón de la Patagonia, inmerso en las profundas cordilleras de la región de Aysén, se encuentra Kaikén, un espacio en que Nativos comenzó a construir su hogar.

POR NATIVOS
15-08-2020

“Gigantes de hielo alguna vez avanzaron, a paso lento, acompasado, rasguñando la roca, moldeando la tierra, arrastrando macizos bloques que depositaron en parajes ajenos y ahí quedaron, confesores perpetuos de su errático andar. Nunca he podido, aunque sí lo he querido e intentado, plasmar con precisión y totalidad los devaneos inquietantes a los que me arrastra este confín. Desde sus alturas, desde sus distancias. Imponente es una palabra cercana. Pero aún así queda a medio trecho. ¿Quién recorrió antes sus senderos y quebradas? ¿Quién lo hará mañana? ¿Quiénes estuvieron ahí los primeros de los primeros? ¿Estuvo ahí, en ese valle, alguien en realidad?
Imponentes sus cielos, imponentes sus lagos, sus ríos, sus planicies. Imponentes sus hielos, sus picos. Imponentes sus bosques.
(…)
En sus alturas Aysén es enormidad, soledad, inercia, intemperie, impotencia frente a lo que nos supera. Lo que ha estado ahí por miles, millones de años. Y que ahí estará un tanto más”.

Palabras de Patricio Segura Ortiz, periodista, en el diario El Divisadero, febrero 2020.

En un rincón de la Patagonia, inmerso en las profundas cordilleras de la región de Aysén, se encuentra Kaikén, un espacio en que Nativos comenzó a construir su hogar. No es fácil aventurarse al pasado de esta región, que bajo sus auras misteriosas esconde innumerables relatos cotidianos de valientes hombres y mujeres que, con esfuerzo y dedicación, fueron abriendo camino en medio de los tupidos bosques, frías cordilleras, extensos glaciares y caudalosos ríos. Nativos no se queda atrás, y hoy es la historia de su lugar la que vamos a contar.

 

¿Quiénes había?
Tehuelches y chonos fueron los primeros exploradores de esta vasta región. Fueron nómades que recorrían distancias inimaginables en busca de alimentos. Los primeros venían por la cordillera siguiendo al guanaco como su principal fuente de alimentación; los segundos habitaron el archipiélago, cazando y recolectando especies marinas y trabajando la madera, sobre todo para la construcción de sus embarcaciones. Su historia sigue teniendo un halo de misterio; entre ellos no se ha conocido interrelación hasta el momento, aunque todavía es tema abierto. En este relato nos centraremos en los primeros, por ser los que recorrieron los bosques y estepas cercanos al Parque Escuela Kaikén.
Existen diversos estudios acerca de estos primeros habitantes, “[…] en general, con seguridad y unanimidad se distingue ‘el complejo tehuelche’ como una individualidad étnica definida, jamás confundida con araucanos, ni fueguinos, ni con ninguna de las otras razas que rodearon su hábitat en otros tiempos (…) Los ancianos, generalmente bien informados, están de acuerdo también en que había tres clases de tehuelches […]” (Martinic, 1992), siendo los téushenkek los cazadores recolectores que habrían habitado la Patagonia interior. Eran grupos humanos numéricamente reducidos, lo que refleja que ya desde tiempos inmemoriales, la Patagonia era un territorio aislado y de baja densidad poblacional.
Persiguiendo al guanaco y otros animales menores, recorrieron de norte a sur la actual región de Aysén, estableciendo campamentos bases y explorando los alrededores, logrando un amplio conocimiento del territorio y una homogeneidad cultural a través del mismo. Eran personas altas, robustas y fuertes, que poseían una vivienda cubierta con pieles de guanacos, que les permitía trasladarse sin dificultad. “Gente libre por antonomasia, no reconocían jefatura alguna, aunque respetaban a los chamanes y a los ancianos, a unos por su saber mágico y a otros por su conocimiento acumulado por los años y la experiencia vital” (Martinic, 2014).

Las noticias históricas permiten afirmar que para el siglo XVIII el arribo y domesticación del caballo cambiaron poco a poco las costumbres de los téushenkek, permitiendo la extensión de su movilidad y provocando el contacto con otras etnias, como huilliches, pehuenches, y finalmente, mapuches. Como consecuencia, se produjeron guerras e interconexiones culturales que tuvieron efectos impensados. “No habiendo sido nunca numerosos, diezmados por añadidura y fuertemente aculturados, los téushenkek fueron desperfilándose y perdiendo identidad étnica” (Martinic, 2014). El momento final vino en el siglo XIX, cuando pueblos originarios del norte llegaron al territorio téushenkek escapando de fuerzas militares enviadas por el gobierno argentino en búsqueda de colonización, provocando mezclas y conflictos que harían desaparecer a los primeros habitantes de la Patagonia interior. De esta forma, “lo que no resulta un misterio es la falta absoluta de presencia humana en los tiempos de las exploraciones” (Ivanoff, 2019).

¿Quiénes llegaron?
El aproximarse a las tierras de la región de Aysén no fue una tarea fácil para los exploradores del siglo XVIII. Mapas poco exactos dan cuenta de las dificultades que tuvieron diferentes navegantes para lograr ingresar al territorio. Hombres descubridores, religiosos jesuitas, también los franciscanos, venían en búsqueda de la ciudad de los Césares, que según las descripciones de los pueblos originarios de Chiloé, debía estar ubicada en las cercanías del Río Palena. También venían en búsqueda de un paso hacia el Atlántico, pensando que el gran archipiélago que caracteriza a las costas de la región cubría todo el territorio. A pesar de los esfuerzos y algunos avances, a finales del siglo mencionado, Aysén seguía siendo un territorio desconocido, sobre todo en lo que concierne a las tierras interiores. Sin embargo, de a poco se iba distinguiendo como un lugar por sí mismo, diferente a Chiloé y la Magallanía.
Fue en el siglo XIX, cuando el Estado chileno ya independiente, bajo la presidencia de Manuel Bulnes, ordenó una expedición para internarse en el territorio, con el fin de hacer soberanía. Esta estuvo a cargo el contraalmirante Enrique Simpson, quien con muchas dificultades por las condiciones climáticas, la necesidad de víveres y las dificultades impuestas por los ríos que intentaban navegar, logró ingresar a las tierras que, aunque los exploradores no lo supieron, alguna vez fueron el territorio de los téushenkek. Así lo refleja el testimonio del Ministro de Marina al Comandante General de la Marina en 1870: “en el valle interior de Aysén no se encontró vestigio alguno de ser viviente, ni que la localidad haya sido visitada más arriba de los rápidos en ningún tiempo […] Puedo, pues, aseverar sin temor de contradicción, que jamás el hombre ha pisado esas soledades antes que nosotros, pues la escasez de alimentos, aun hasta de pescados, al fondo del Áysen, es más que razón para que el salvaje nunca la haya ocupado” (Citado en Martinic, 2014).
De a poco este territorio misterioso comenzó a ser valorado por el país naciente. Sin embargo, en 1881, en medio de la Guerra del Pacífico en el norte del país que ponía en juego la industria salitrera muy importante en la época, Argentina logró que el Estado chileno le cediera parte de la Patagonia a través de un acuerdo. Así, Chile perdía el oriente de la Patagonia a través de un pacto que fijaba nuevos límites sin tener en cuenta la desconocida geografía del territorio. De esta forma se hizo urgente la contratación de científicos extranjeros para lograr hacer de esta tierra incógnita, un lugar conocido y apto para la ocupación colonizadora.

¿Quiénes se quedaron?
A principios del siglo XX, familias de colonos fueron llegando al lugar de la mano de dos procesos simultáneos: la creación de sociedades industriales principalmente ganaderas, en tierras entregadas por el Estado a cambio de trabajo y soberanía; y la llegada de población espontánea, compuesta por familias provenientes principalmente del territorio que había comenzado a ser argentino.
De la mano de este segundo proceso fue como comenzó a poblarse el territorio en el que hoy se encuentra Kaikén. “El pionero por antonomasia del poblamiento del distrito fue Antonio Solís Martínez, originario de Río Bueno, de donde precedía también su esposa Sofía Henríquez Sobarzo, con la que tuvo once hijos” (Martinic, 2014). Ellos se encontraban viviendo en Argentina cuando recibieron la noticia de que al lado chileno, junto a la cuenca del Lago Verde, existía la posibilidad de ocupar campos baldíos de forma independiente y libre. A pesar de que el territorio se ubicaba en Chile, su conexión con el resto del país era casi inexistente, solo se podía llegar por vía aérea o en fatigosos viajes a caballo. Como consecuencia de lo anterior, la ocupación comenzó desde la frontera argentina hacia el campo interior, desarrollando la crianza de ganado y la estrecha relación con el territorio del país vecino como medio de subsistencia. “Allí, casi sin variantes, esos pioneros repitieron la gesta colonizadora espontánea conocida para tantos distritos del oriente aisenino: esfuerzos inauditos, soledad agobiante, seguridad precaria, éxodo temporal, suma de carencias iniciales, dependencia de Argentina, en fin, hasta que poco a poco, consiguieron afirmarse, salir adelante con sus explotaciones, surgiendo otra más de las varias comunidades laboriosas chilenas de la frontera” (Martinic, 2014).

El desarrollo de la Sociedad Ganadera Alto Río Cisnes vino a impulsar este proceso. Se le entregaron enormes concesiones de tierras con la condición de que desarrollara las características productivas de la región. Así, la construcción de rutas, la creación de infraestructura, la apertura de terrenos para el cultivo y el impulso de la ganadería, comenzaron a ser parte esencial de la vida del lugar. Poco a poco fueron agrupándose casas en torno a la escuela. El pueblo comenzó a crecer a su ritmo de la mano del esfuerzo de las familias que vivían en el lugar; “Aysén necesitó, sobre todo, de la visión de los hombres y mujeres que habitaron para darles a sus hijos nuevas oportunidades y esperanzas” (Ivanoff, 2014).

¿Quiénes están hoy?
Estos pobladores, a veces ellos mismos o a veces sus hijos y nietos, siguen siendo los que están hoy. Sus testimonios permiten conocer la historia de los actuales habitantes del lugar.
Así lo cuenta Silvia Cárcamo Mora, quién llegó el año 1952 a la zona siendo muy niña: “La vida en Lago Verde era muy tranquila, en la escuela había un solo profesor y él hacía clases a todos los alumnos, en esos tiempos prácticamente todos éramos analfabetos (…) Los primeros años en que llegué acá, mis padres iban a Río Pico o a La Aldea [Argentina] a comprar sus víveres, se compraban todos los víveres para el año, la gente transitaba en carretas o en pilcheros (…) Nosotros pasamos gran parte de nuestra vida en el campo, de septiembre a mayo en la escuela y de mayo a septiembre en el campo” (Silvia Cárcamo en Ivanoff, 2012). O, don Roberto Recabal Cárcamo, que dice que “Lago Verde era un pueblo muy chiquitito, tenía una escuela, un retén, el almacén ECA y unas dieciocho casas. La mayor parte de las familias eran de apellido Solís” (Roberto Recabal en Ivanoff, 2012).
Si bien las primeras familias de los actuales pobladores llegaron en los albores o a mediados del siglo XX a la zona, fue el año 1979 cuando se creó la comuna de Lago Verde, y fue cerca de este mismo año cuando la construcción de la Carretera Austral entre 1976 y 1989, permitió conectar la zona con el resto de Chile.
Actualmente la comuna posee una superficie extensa y con muy poca densidad poblacional; tiene tres villas principales: Lago Verde, Amengual y La Tapera; la ganadería es su principal actividad; el trabajo forestal es a escala particular; y el turismo es todavía incipiente. La relación con Argentina se mantiene estrecha y es parte de la identidad fronteriza del lugar.
El año 2015 Nativos inició sus trabajos en la zona, comenzando a construir en medio de sus insondables paisajes el primer Parque Escuela de Chile, planteando que “los bosques y las montañas son espacios que disponen de un modo particular de habitar. La belleza, la perfección y el misterio de la naturaleza le confieren la cualidad de escuela, donde se pone a prueba la ecología, la ecosofía y la ecofilia del habitar nativo” (Nativos, 2020). De esta forma, se busca que en medio de este escenario se haga posible “vincular personas de diferentes grupos sociales, con el territorio natural, proponiendo educar a una comunidad que asegure el buen vivir y la perpetuidad de los ecosistemas” (Nativos, 2020).

Bibliografía

– Consejo de Monumentos Nacionales de Chile, Casona Fundacional Estancia Alto Río Cisnes, www.monumentos.gob.cl
– Ivanoff Wellman, Danka. (2019). Hijos de Aysén. Santiago, Chile.
– Martinic Beros, Mateo. (1992). Historia de la Región Magallánica, tomo I, capítulo I “La aparición de la vida y su evlución a lo largo de milenios”, parágrafo ‘La población indígena en los comienzos del siglo XVI`. Santiago, Chile.
– Martinic Beros, Mateo. (2014). De la Trapananda al Áysen. Santiago, Chile.
– Nativos. www.somosnativos.cl.
– Núñez, Andrés, Baeza, Brígida, & Benwell, Matthew C. (2017). Cuando la nación queda lejos: fronteras cotidianas en el paso Lago Verde (Aysén-Chile) – Aldea Las Pampas (Chubut-Argentina). Revista de geografía Norte Grande, (66), 97-116. https://dx.doi.org/10.4067/S0718-34022017000100007
– Segura Ortiz, Patricio. (2020) Diario el Divisadero. Región de Aysén, Chile.

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